Un ingeniero civil de Mar del Plata transformó una visita casual a las bodegas mendocinas en un emprendimiento que revoluciona la industria del vino en Argentina. Lucas Fasciglione desarrolló huevos de hormigón para vinificación que hoy están presentes en más de 140 bodegas del país y se exportan a varios países de la región, generando una facturación anual de hasta US$900.000.
El proyecto, denominado Rupestre, nació en febrero de 2020 cuando Fasciglione viajó a Mendoza y quedó fascinado por la vendimia. De regreso en Mar del Plata, un día antes del cierre total por la pandemia, ya había encontrado el camino que lo sacaría de su trabajo municipal para llevarlo al corazón de la industria vitivinícola.
La intersección entre el hormigón y la pasión por el vino
Fasciglione trabajaba como empleado municipal inspeccionando obras cuando descubrió una oportunidad única. Según recordó, vio un posteo en Instagram donde la hija de un enólogo contaba que hacía vino con un huevo de hormigón prestado porque eran muy caros. “Ahí me hizo un clic en la cabeza”, explicó.
La investigación reveló que las vasijas ovoides originales eran francesas y se fabricaban en una sola pieza, mientras que en Argentina existía un único fabricante que las producía en dos partes con una junta central. Este método presentaba fallas estructurales que obligaban a las bodegas a hacer reparaciones al año o año y medio de uso.
Innovación en diseño de huevos de hormigón durante la pandemia
El desafío era considerable: diseñar huevos de hormigón en una sola pieza sin capital inicial, sin contactos en el sector vitivinícola y con un producto que pesaba tres toneladas. Durante los meses más duros de la pandemia, mientras trabajaba en la construcción de un hospital sanitario, Fasciglione se dedicó al desarrollo del proyecto.
El emprendedor ideó un sistema de moldes completamente reutilizables que permite fabricar la vasija y desarmarla en el lugar sin necesidad de mover el producto terminado. El molde interior lo diseñó en segmentos, “como una mandarina”, para poder retirar los “gajos” por la boca superior del huevo. Este invento fue posteriormente patentado por su carácter único.
Desarrollo de un material especial para la vinificación
Además del diseño estructural, Fasciglione tuvo que crear un hormigón especial resistente al ácido tartárico del vino. Buscando en sus apuntes de la facultad, encontró anotaciones sobre el ataque de este ácido que había escrito 15 años antes. “Me largué a llorar. Para mí fue una señal clarísima de que tenía que seguir”, relató.
Para validar su idea sin alertar a la competencia, se movió en silencio haciendo consultas anónimas en vivos de Instagram de enólogos. Se mantuvo en las sombras hasta tener la marca registrada y el trámite de la patente iniciado, según explicó.
El salto del empleo público al emprendimiento
Un año después de aquel viaje inicial, Fasciglione volvió a Mendoza para trabajar un mes entero en una bodega durante la vendimia. Pisó uva, limpió tanques y convivió con enólogos. “Me di cuenta de que era más feliz limpiando una bodega que haciendo un cálculo estructural”, confesó.
A los dos meses renunció a su trabajo como empleado público para dedicarse completamente a Rupestre. El empujón final llegó con un concurso del Ministerio de Desarrollo Productivo que le permitió cubrir la mitad del costo del molde inicial. El resto salió de su sueldo y de una lógica artesanal de vender una vasija para comprar los insumos de la siguiente.
Crecimiento desde Mar del Plata hacia el mercado vitivinícola
La empresa nació y creció en Mar del Plata, lejos del epicentro vitivinícola de Mendoza. La decisión fue personal y estratégica, aprovechando los excelentes materiales para el hormigón disponibles en la zona y la cercanía a los puertos para exportar, según indicó Fasciglione.
Desde un primer galpón de 100 metros cuadrados, Rupestre escaló su producción de tardar una semana en fabricar un huevo a producir uno por día por cada modelo. El boca en boca entre enólogos impulsó el crecimiento exponencial del emprendimiento.
Expansión nacional e internacional de las vasijas ovoides
Actualmente, las vasijas de Rupestre están presentes en más de 140 bodegas argentinas. La empresa tiene ocho empleados fijos y factura entre US$600.000 y US$900.000 anuales. Fasciglione sigue siendo el único dueño del emprendimiento, representando su independencia económica y profesional.
La exportación abrió nuevos horizontes con envíos a España, México, Uruguay y Brasil, mientras se desarrollan nuevos mercados como Chile. En el mundo del vino, donde todos se conocen, nadie arriesga su uva en algo en lo que no confía, lo que convirtió la confianza entre enólogos en el mejor canal de comercialización.
A los 39 años, Fasciglione planea consolidar la exportación y diseñar un galpón propio pensado exclusivamente para la producción de huevos de hormigón. Sin embargo, no tiene planes de diversificarse hacia otros rubros, manteniéndose enfocado en la industria del vino que transformó su vida profesional y personal.

